Consumo responsable y política

Se acerca mayo. Elecciones. Esto significa que tengo más conversaciones sobre política que nunca: política entendida como esa cosa que regentan los partidos, porque conversaciones políticas yo tengo cada día de mi vida: cuando hablo de moda, de cómics, de poesía o de gatos.

El sistema no nos gusta. Pero no va con nosotros. Qué pena de pequeño comercio, pero compramos en supermercados porque es más cómodo. El medio ambiente me interesa muchísimo, pero comemos carne por la mañana, por la tarde y por la noche. El hambre en el mundo se paliaría con voluntad política. Pero la política no tiene nada que ver con nosotros. Nosotros nos quejamos mucho en los bares. Es que esto tiene que petar. Es que esto no puede seguir así. Si se habla de reducir el consumo de carne, te dicen: No, yo carne no como mucha. Como más pescado.

Y entonces se te queda una cara de gilipollas…

Hace poco «debatí» (llamarlo debate es mucho decir: era un montón de gallitos delante de una mujer sola) sobre grandes superficies, pequeño comercio y reducción del consumo de carne (y pescado). Me gustaría, por una vez, que alguien tuviera los santos cojones de decirme: «Mira, sí, soy un comprometido de salón. Me horroriza todo esto de boquilla, pero en realidad no quiero hacer absolutamente nada que me suponga más esfuerzo que hablar. Porque en realidad yo lo que soy es un egoísta insolidario que se caga en el sistema capitalista pero luego va al hipermercado porque es mucho más cómodo. No quiero leer las etiquetas, me importa una mierda que la ropa que compro le haya costado la vida a la gente y, si vienes a decirme algo, te ridiculizaré. Porque, además, eres mujer y tienes tetas y eres inferior».

Me encantaría. Hacen falta muchos huevos para decir eso. Y, como sobre todas las cosas, valoro la coherencia, me temo que tendrían mi admiración. Un ratito. De verdad.

Vivo en un sistema capitalista. Trabajo (cuando tengo trabajo) por dinero; un salario que se me obliga a meter en un banco porque de ahí cogerán lo que necesiten y precisen las empresas de luz, agua y gas. Supongo que también otros impuestos, pero no tengo casa propia ni coche, así que lo desconozco. Y conocer las implicaciones que tienen nuestros actos de consumo es una responsabilidad nuestra y de nadie más. Vivimos en la era de la información: la industria alimentaria es bastante opaca, pero información hay. Sabemos que las cadenas de distribución se llevan la mayor parte del dinero que pagamos por un producto. Sabemos que a los productores se les paga poco por los alimentos que producen. Sabemos que la comida procesada no es sana. Sabemos muchas cosas, pero no van con nosotros.

Y no: yo no pretendo que el mundo entero, incluidos los inuits, deje de comer carne (y pescado: bueno, pescado podríamos dejar de comer un ratito, la verdad) y que vivamos en un mundo vegano en el que león duerma con la gacela aunque la gacela no duerma muy bien. Yo, con que la gente vuelva a recuperar las legumbres para su dieta, aprenda un poquito de nutrición y haga un día o dos sin carne (ni pescado) a la semana, ya me daría con un canto en los dientes. Más que nada, porque no sé qué cuesta hacer estas lentejas, unas verdinas estilo Claudia o este puré de calabaza. Están ricos. De verdad. Te lo digo yo, que soy una sibarita.

Logo de cosmética no testada en animales

Hay un sinfín de cosas en este mundo que consumimos y que no son necesarias. No hablo de dejar de comprarlas, que a todos nos gusta mucho gastarnos los cuartos. Hablo de comprar otras cosas. Por ejemplo, no hace falta comprar cosméticos testados en animales. Que, además, están prohibidos por la Unión Europea. Y por la India. Y por China. Pero, como no es oro todo lo que reluce, porque se sigue obligando a experimentar en animales los ingredientes que no se hayan usado antes en humanos, buscad las marcas pertinentes (tengo pendiente hacer un post al respecto, pero eso sí que me va a costar esfuerzo, porque yo de cosméticos sé poco poco).

Tampoco hace falta comprarlo todo en el supermercado. De hecho, deberíamos comprar poco en el supermercado. ¿Por qué? Ya hablaremos de eso. Y de otras cosas que se deberían incluir en las agendas programáticas de los partidos de aquí a mayo y de aquí a noviembre.

Consumo responsable y política

Comida consciente II

Este post viene de aquí. De que comer es un acto político y hay que actuar consecuentemente.

Guarda los alimentos correctamente.- Muchas, muchas preparaciones se pueden congelar. Y las verduras casi crudas, escaldadas dos minutos en agua hirviendo. No sirve de nada invertir mucho tiempo en comprar comida, si luego dejamos que se estropeen las verduras en el cajón de la nevera.

Compra lo que necesites.- En todos los barrios hay una frutería. Eso, para empezar. Es mejor localizar una frutería cerca de casa (que además es comercio local) y comprar varias veces por semana solo lo que vayas a comer, sobre todo la fruta. No compres un montón de kilos de verdura, a no ser que la vayas a cocinar y congelar.

Los pesticidas.– Hay gente que se preocupa por los pesticidas. Yo me como toda la fruta con piel (ejem, toda no, pero para que nos entendamos) y tampoco pelo los tomates. En Estados Unidos, el Pesticide Data Program, que es el organismo que se ocupa de analizarlos, recomienda lavar las verduras y las frutas con jabones específicamente diseñados para este fin y no con lejía u otro tipo de productos. Y siempre, claro está, se puede comprar fruta y verdura ecológica (a un agricultor, queremos decir, porque las zanahorias venidas de Italia, pues muy ecológicas no es que sean). Aquí hay un artículo interesante de Directo al Paladar sobre los pesticidas, en el que termina diciendo que dejemos de preocuparnos por ellos y comamos más. Y yo estoy de acuerdo. Si alguien tiene más información que yo sobre este tema, que la deje en comentarios y me hará feliz.

Foto de albaricoques de las Huertas del Abrilongo, que es mi grupo de consumo.

El peso importa.- Si pesa, como norma general, es un indicativo de que está maduro. Cuida también de que las verduras y las frutas no tengan golpes, magulladuras o grietas. Si no las tienen, no se las hagas tú: guárdalas con cuidado en la bolsa antes de llevarlas a casa. Estamos hablando de golpes, magulladuras o grietas. No de belleza. Las frutas y las verduras tienen que estar ricas: no ser bonitas.

Compra productos locales y de temporada.- El sabor se pierde cuando hay que recolectarlos mucho antes para llevarlos a miles de kilómetros (sí, miles) de su destino.

Procura conocer los sitios donde comprar a granel.– En muchas fruterías y tiendas de productos ecológicos venden a granel alimentos como el aceite o las legumbres. Son más baratos y no vienen empaquetados. Puedes guardar una bolsita pequeña de tela para transportarlos y usarla solo para eso. Con el aceite no, claro: con el aceite, mejor, lleva una botella. Lo de la bolsa ni se te ocurra.

Guarda los productos a granel en tarros herméticos.- Ponles etiquetas con la fecha en que los compraste, porque las legumbres, al año, más o menos, ya las puedes cocer y cocer que no se van a ablandar… No los pongas al sol: siempre, como dicen todas las etiquetas, en un sitio fresco, oscuro y seco.

Comida enlatada o en tarros.- Cómprala solo para tener algo de reserva por si acaso: esto incluye las legumbres. Sí, han de estar ocho horas en remojo. Pero no hace falta que las mires. Y, si tienes una crock pot, las puedes cocer y largarte de cañas, poner tres lavadoras, tender y mirar Canal Cocina, todo junto. La comida enlatada suele tener fechas de caducidad altas, pero también es alto su contenido en sodio y en azúcar y en conservantes. Evita los tarros que no estén en perfectas condiciones, las latas abolladas o que se han almacenado al sol (esto se descubre porque la etiqueta está descolorida).

Comida consciente II

Comida consciente I

Cada vez estoy más convencida de que comer es un acto político y de que nuestras elecciones de consumo pueden cambiar las prácticas industriales. Buscando libros y artículos sobre cómo ordenar la despensa y cómo comprar responsablemente, sobre todo teniendo en cuenta que yo soy sola, me encontré con Keys to the kitchen. Y sus consejos me parecieron muy interesantes para incluirlos en el blog, con mis aportaciones.

Conoce qué compras.- ¿De dónde viene tu comida? Aunque este es un blog vegano, me consta que el 90 por ciento de mis lectores son omni… carnívoros, digamos, porque la mayoría de la gente come carne con cosas. Un ejemplo: el filete viene de una ternera, ¿sí? Pues si la ternera ha comido guarrerías y ha vivido hormonadita perdida, todo eso te lo comes tú. Sí, también te comes los pesticidas de las plantas.

Piensa en la cadena alimentaria.- La base de la cadena alimentaria son los vegetales y la cúspide, otros animales. Basa tu alimentación en el último escalafón de la cadena: verduras, legumbres, cereales: lo que da la tierra. Cuanto más alto se sube, más huella ecológica dejamos. Si te preocupa el medio ambiente, come menos carne (o no la comas).

Haz un lunes sin carne.- La mayoría de la gente no es realmente omnívora. Son, más bien, por lo que decía antes, carnívoros que usan las verduras y las legumbres como acompañamiento. Esta idea se la leí a Ardid y me encantó. Puedes probar a hacer un lunes sin carne. Si ya lo haces, puedes probar a no comer carne dos días por semana. Tu salud también te lo agradecerá. Y tu paladar, te lo aseguro. Y tu práctica culinaria.

Compra responsablemente.- Tres palabras: local, sostenible y de temporada. No hace falta comer de todo durante todo el año: no necesitamos traer cerezas de Chile cuando aquí en verano las hay del Jerte. Compra en la frutería de tu barrio: es más barato, el producto no ha llegado a través de varios países y ayudas a la economía de tu zona.

Comida consciente I

Los peces, el pescado y sus problemas

«Llevo toda la vida a dieta y cada día estoy más gorda«. Esa frase la dice mucho una amiga mía que, como yo, se ha pasado toda la vida comiendo mal. Incluso aunque pensara que comía bien. Ya he hablado de nutrición en este blog, pero es un tema que ahora me está preocupando más: intento informarme para comer de manera más responsable: conmigo misma, que tengo una enfermedad crónica intestinal, y también con el resto del planeta.

Este sistema es insostenible. Pero no parece que se vaya a mejorar en un futuro próximo. Hace poco, Mikel Iturriaga (es decir, El Comidista) hablaba de una campaña llamada Ni un pez por la borda. En este artículo, se explica cómo las grandes empresas pesqueras destruyen el pescado: más de un millón de toneladas (1,3 millones) de peces muertos o heridos al año. La Unión Europea establece unas cuotas, como para la agricultura, y si un pez pertenece a una especie cuya cuota ya se ha sobrepasado, se tira al agua, muchas veces muerto. También se tira si no cumple las medidas, si son pequeños: pero, si se tiran muertos, no van a poder crecer. Lo sé: es una perogrullada. Pero una perogrullada que a la Unión Europea (cuyas órdenes, no lo olvidemos, las dan personas con nombre y apellidos) no parece importarle.

Greenpeace ha pedido el fin de la pesca de arrastre de profundidad. La pesca de arrastre consiste en el empleo de una red que barre el fondo del mar y captura todo lo que pilla. Sin discriminar. Además destruye el fondo marino y las algas que comen los peces, con lo cual no es que acabe solo con su vida, porque muchos de ellos volverán muertos al mar, sino que acaba con su alimento. Mikel Iturriaga afirmaba que esta práctica está subvencionada con nuestros impuestos. Para Greenpeace habría que fomentar la pesca artesanal. Por su parte, Oceana habla de mejorar las artes pesqueras, de prohibir las prácticas de pesca que tengan elevadas tasas de capturas y de prohibir los descartes para garantizar la conservación de los ecosistemas marinos. La prohibición de descartar peces ya se aplica en países como Noruega o Islandia. Seo/BirdLife también está de acuerdo con esto.

Cabo de San Vicente, Portugal

¿Qué hacemos si comemos pescado? (Y algunos pensarán: ¿qué pinta esto en un blog que se llama «Veganizando», cuando los veganos no consumen ningún tipo de producto animal? Pues que una es muy pedagógica, o lo intenta: eso pasa). Varias organizaciones ecologistas tienen guías sobre consumo de pescado responsable. Esta que enlazo es de WWF, pero también Greenpeace la contempla. Informarse es lo primero.

Por ejemplo, las harinas de pescado, hechas con pescado triturado y desecado, se emplean para alimentar a animales hervíboros, como las aves ponedoras, los rumiantes y las vacas lecheras, además de para alimentar a los peces de piscifactoría. Según el Instituto de Investigación de la Facultad de Geología, Minas, Metalurgia y Ciencias Geográficas peruano, en un artículo de hace muchos años (1999), decía que la industrialización de la harina de pescado «tiene un significativo impacto sobre el ecosistema y afecta al bienestar y la salud de las personas». Las plantas de Paracas (ocho) vierten sus residuos al mar mediante tuberías: más de 1200 toneladas. Una burrada, ¿verdad? Alguno me dirá: el artículo es de 1999. ¿Han cambiado las cosas? Sí: en 2003 se creó la Comisión para el Desarrollo Sostenible de la Bahía de Paracas y las cosas mejoraron.

El agua en Toronto, Canadá.

¿Qué ocurre en Europa? ¿Cómo se produce el pescado que consumimos? Aquí hay un artículo de la European Food Information Council. En él se dice que, en la Unión Europea, las cifras de captura de pescado han disminuido pero su consumo ha aumentado un diez por ciento. Se captura pescado silvestre (como el atún, el arenque, la caballa y las sardinas) y se produce pescado en piscifactorías, como el salmón, la trucha arco iris y la carpa. Hay pescados (como el salmón, el atún o el pez espada) que pueden acumular pequeñas o grandes cantidades de agentes contaminantes. Al pescado de piscifactoría se lo alimenta con aceites (¿?) y harina de pescado. En estas harinas se usan también fuentes vegetales. En el área marina de la Unión Europea, solo el 10 por ciento de las reservas de pescado son sostenibles. Y también se dice: «La acuicultura no carece de efectos medioambientales negativos, como la pesca excesiva para producir piensos para el pescado, el cambio de los hábitats, las aguas residuales, y el impacto en la biodiversidad cuando los peces se escapan de las piscifactorías».

Aunque nos dicen que los contaminantes que tiene el pescado están más que controlados, un grupo de investigadores catalanes determinó que tenían componentes tóxicos en cantidades muy pequeñas, que se acumulan en el organismo. Cadmio, plomo y mercurio, dioxinas y PCB (Policloruro de bifenilo, considerado según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA o UNEP, por sus siglas en inglés) como uno de los doce contaminantes más nocivos fabricados por el ser humano. Su uso está casi prohibido en todo el mundo: ¿por qué los peces lo tienen en su cuerpo? Citamos: «La cantidad de dioxinas y PCB que ingiere un consumidor medio en Cataluña se estima en 48 picogramos diarios, con salmonete, anchoa y sardina como especies más contaminadas. Por otra parte, la ingesta máxima tolerable para que estos compuestos no provoquen efectos tóxicos, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se sitúa entre 1 y 4 picogramos por kilo de peso corporal. Es decir, entre 70 y 280 picogramos diarios para una persona de 70 kilos de peso. O sea, que si alguien es aficionado al pescado puede sobrepasar fácilmente estos niveles». Los niños están más expuestos, porque pesan poco, comen más proporcionalmente y su contaminante ingerido por kilo de peso es más alto. Es, de todos modos, un asunto muy complejo. Para que nada de esto pasara, habría que dejar de contaminar. Pero ¿se puede dejar de contaminar? ¿Se puede dejar de pescar? ¿Se puede dejar de comer pescado? ¿Qué pasa con las cofradías de pescadores? ¿Qué ocurre cuando comemos salmón traído, por ejemplo, de Chile? Estas y otras preguntas son abiertas: que cada cual se las conteste a sí mismo como quiera.

Gaviota surcando el mar en el Cabo de San Vicente, Portugal.

Hablar del pescado es hablar de muchas cosas, no solo de sus beneficios para la salud en forma de Omega 3. Un ácido graso que, por cierto, también contienen la linaza (aceite de lino y semillas de lino), las semillas de chía, la quinoa, el aceite de canola (es de colza, aquí no se encuentra fácilmente porque hubo un problema de intoxicación muy grave), el aceite de soja, las nueces y el aceite de nuez o la avena. No: no es el pescado lo único que contiene sustancias fundamentales para el organismo, como vemos.

He preferido ilustrar el artículo con imágenes marinas que he tomado en diferentes sitios, antes que con fotos de pescados en cualquier mercado (que también las tengo) por si le sirven a alguien para recordar la grandeza del mar. Los que vivimos en el interior lo vemos menos de lo que quisiéramos…

Los peces, el pescado y sus problemas