Festivales y descontroles

Teatro del Noctámbulo saludando tras la función de Tito Andronico.

Se ha acabado el Festival de Mérida. Se ha acabado para mí, porque Tito Andronico, de William Shakespeare, dirigido por Antonio C. Guijosa, adaptado por Nando López, va a estar hasta este domingo, 25 de agosto, en el teatro romano de Mérida. Ya he hablado muchas veces de la paliza que supone el Festival.

Esta gente que está ahí arriba, subida en el escenario de ese teatro que amo y que miro cada año desde la última fila de todas las caveas, durante las noches de los martes, como si fuera un ritual, son miembros de la compañía Teatro del Noctámbulo.

Cuando se presenta el Festival y dicen que Teatro del Noctámbulo va a estar, yo respiro tranquila. Sé que voy a ver algo bueno, bien hecho, con concepto, con amor al oficio y, sobre todo, sé que no me van a tratar como si fuera gilipollas, que no van a hacer obras con parlamento final de moraleja (se resumen en lo mismo: por qué el ser humano es tan malo, tenemos que ser buenos. Me revienta. Luego me revienta más cuando dicen: «Pero es que a la gente…». Miren, yo no soy gente. Yo veo mucho teatro. Y vería mucho más si tuviera más dinero y no costara tanto llegar a Madrid. Quiero que me tengan un mínimo de respeto intelectual).

Respiro tranquila cuando dicen que va a estar una compañía extremeña, sin nombres de los que salen en las series de televisión, porque a las compañías de Barcelona y de Madrid, la bondad se les supone.

Se les supone aunque no la tengan. Porque muchas veces no la tienen. Llenan mucho más. Yo no soy gran público y al gran público no le entiendo en absoluto, pero lo dejo aquí por si, alguna vez, por su ciudad, pasan estos tipos. Vayan a ver cualquier cosa que interpreten: cualquier cosa. Tienen en gira ahora «Contra la democracia»: la he visto tres veces. Yo no veo una obra de teatro tres veces seguidas a no ser que la dirija Calixto Bieito o que la interprete Pablo Derqui.

Sopa fría tarator.

Escribo esto mientras me tomo un vaso de tarator como si fuera un café, a las ocho de la tarde. Esa será mi cena. El Festival es un descontrol y eso se traduce en que algunos días no puedo ir al deporte (luego intento recuperar las sesiones), en que como mal y en que no me organizo. Cada quince días, ahora, desde hace poco más o menos un mes, me llegan las cestas de verduras de la Huerta del Abrilongo, así que ese fin de semana me dedico a cocinar. Me he tirado meses (MESES) comiendo tempeh con leche de coco, zanahorias y calabaza. Creo que voy a empezar a odiar el tempeh. Y siempre me pasa lo mismo: acabo comiendo mierdas hasta que me vuelvo a centrar y a organizar. Luego esto es como el eterno retorno: una y otra vez se repite lo mismo.

Pero estoy haciendo terapia y me digo (sin conseguirlo mucho, porque luego no he comprado fruta, porque he dormido tres horas y he trabajado 13 y porque existen las máquinas de vending y los ambientes obesogénicos en la vida) que, si sigo haciendo lo de siempre, no habrá cambios nunca.

Me tengo que poner.

Festivales y descontroles

Un verano con adolescentes

Cuando estudiaba en la Universidad, los dos primeros años de Publicidad y Relaciones Públicas, Comunicación Audiovisual y Periodismo eran comunes. Yo tenía 18 y en mi clase había un chico que me llevaba 10 años, que luego se fue a Rumanía y se enamoró. Su primera hija nació allí y yo me recuerdo visitando tiendas en Melilla, hace casi 18 años también, para comprar ropa que no fuera rosa. Un pluma rojo, un pantalón de pana amarillo con pollitos, una sudadera azul marino con pollitos. Por si acaso tenía más hijos algún día. Miento, no era por eso: era porque, en aquellos tiempos, odiaba el rosa y su adherencia de género.

Ahora hay tres niños, de 17, 15 y 13 que han estado en mi casa diez días. Solos. Sin sus padres. Yo, poniendo kilos. Por lo visto, ellos también.

Viriato, de Verbo Producciones
Viriato, de Verbo Producciones, en el Festival de Mérida. Foto de Jero Morales.

Mi verano ya lo he contado muchas veces. Desde La Orestiada a Viriato han pasado dos meses de no tener tiempo ni para rascarme. Que lo hubiera tenido si no me hubiera echado siestas de dos horas y si no hubiéramos tenido no sé cuántas olas de calor y alertas naranjas, que a mí me dejan con ganas de echar tomates en la batidora y hacer gazpacho nada más.

Con dos botes de tomate frito casero, gazpacho de cerezas y ragú de soja texturizada en el congelador, aparecieron estos tres omnívoros irredentos en casa. También había cantidades industriales de Heura, pero cuando supieron que no era pollo, ya la textura no les convencía. El año que viene me plantearé hacer otras cosas… pero están acostumbrados a… pues a los sabores fuertes, como todos los adolescentes, y a no ver las verduras más que en forma de purés o ensaladas: no como yo las uso, quiero decir. En mi casa no se comen animales, pero fuera han comido lo que han querido, obviamente, así que he visitado el Burger King un par de veces, el 35 Burger otra vez más (yo hubiera querido que fuera al revés, porque allí hay una hamburguesa vegana) y varios de los restaurantes de tapas de Mérida… menos el que más me gusta, que es el Fusiona. Han visto un concierto de fado y flamenco de Katia Guerreiro y Arcángel en el teatro romano (mientras, en mi casa, sonaban Melendi, Dani Martín y Macaco (me niego a poner enlaces) y también La comedia de las mentiras.

Katia Guerreiro en el teatro romano de Mérida
Katia Guerreiro en el teatro romano de Mérida. Foto de Jero Morales

De este periplo he aprendido varias cosas. Una, que criar hijos es agotador. Dos, que soy mis padres, los dos: qué hacen las luces encendidas a todas horas, poned la mesa ya, cuando yo digo que pongáis la mesa es que pongáis la mesa, os créeis que soy de la compañía eléctrica, lo que hay para comer es esto: si no lo coméis, de hambre no vais a morir; come un poco más, que no has comido nada y de mierdas no te puedes alimentar todo el día; ni se os ocurra comer guarrerías antes de comer, no estáis en un hotel, os creéis que soy vuestra esclava… Todo el repertorio. Todo. Completo.

También he aprendido que, cuando viene gente a casa, con las comidas hay que planificarse muy bien: no se trata de que yo no haga platos apetecibles: se trata de que hay que cocinar con antelación y hablar con los padres, no ir improvisando sobre la marcha. La próxima vez saldrá mejor. Porque vendrán en invierno y no todos a la vez.

Hice un brownie, por cierto, y Nutella vegana con receta de Mi vega blog. Del brownie hay una foto penosa de móvil, que es esta: ya lo repetiré en otra ocasión y pondré la receta correctamente.

Brownie con mermelada de frutos rojos
Brownie con mermelada de frutos rojos

Y hemos hablado mucho. De muchos temas. He descubierto que Martina es como su padre. Igualita. Nos hemos confesado cosas, nos hemos abrazado mucho, nos hemos dicho que nos queremos, nos hemos puesto hasta las trancas de comer, hemos dormido siesta y hemos visto la trilogía de Jesse y Celine de Richard Linklater (Before Sunrise, Before Sunset y Before Midnight) y hemos debatido sobre las relaciones de pareja, sobre las relaciones de amistad, nos hemos reído mucho, hemos dado alguna que otra voz y nos lo hemos pasado muy bien. Es agotador, pero muy divertido. Les dije que me pusieran un mensaje en la agenda del año que viene, el día de su cumpleaños, y Martina nos dibujó.

Familia de Mérida
Hasta los gatos están tal cual. Yo, ni os digo.

Luego han ocurrido más cosas que no voy a contar, porque Mérida es como Las Vegas. Lo que pasa en Mérida, se queda en Mérida. Lo que más les gustó fue la ruta Mérida Secreta. Lo que menos, me temo que mi comida. Snif.

Sí: ha sido agotador y sí, me he quedado con ganas de más. Pero no lo digáis muy alto

El fin de semana espero tener tiempo de cocinar, por cierto. Estoy del ragú que sobró hasta atrás.

Un verano con adolescentes

Guisanmole y la tragedia

Mi vida está llena de teatro últimamente, como todos los veranos. No solo el obligatorio (hay que ir a grabar los ensayos generales y hay que asistir a los estrenos), sino el que me busco por gusto. Por ejemplo, estoy mirando entradas para ver Incendios, que me la perdí en su día, pero sigue de gira. Si alguien se apunta, bienvenido sea. También quiero ver Yo, Feuerbach y pasarme por el Pavón Teatro Kamikaze (se lo prometí a Miguel del Arco) y ver La Latina por dentro y el Bellas Artes y también le prometí a Luis Luque que iba a ver Oleanna y Dentro de la Tierra.

Acabo de mirar alojamientos. Los hoteles salen, una semana, por más de mil euros y un apartamento para ti sola por 300. Tengo mis muchas reservas por la profusión de apartamentos turísticos y lo que están haciendo con el centro de las ciudades, pero veo lo que cuesta un hotel céntrico con baño y habitación individual y me caigo de espaldas. Porque a eso le tengo que sumar que he de contratar a Can de Luna para que me cuide a los gatos. Sería la primera vez que me voy una semana fuera y creo que la ansiedad por separación la voy a tener yo. Seguiremos buscando.

Además, en pleno Festival, me colé (previa invitación) en una clase magistral de Alberto Conejero: Tentativas de lo trágico en el teatro contemporáneo. Hablamos del surgimiento de la tragedia en Atenas, de la diferencia entre tragedia y drama y de por qué estamos tan necesitados de tragedias ahora, en este principios del siglo XXI. Analizamos las obras de Angélica Liddell¿Qué haré yo con esta espada?«), Wadji Mouawad («Incendios». Por cierto, Denis Villeneuve la llevó al cine y amamos a Villeneuve, aunque le quitó todo lo teatral -nunca comparo discursos distintos-) y David Harrower (Blackbird). Y aprendí en tres horas sobre historia, concepto y misterio del hecho teatral lo que no he aprendido en once años de profesión. Ahora sabré leer mejor. Es importante leer bien. Hasta los hechos que le han ocurrido a tu propia vida.

Y es importante saber qué diferencia una tragedia de un drama. Al menos para mí, que me enfrento a ellos muchos días del año. Conejero me ha colocado en un punto de partida: yo ya entendía a Antígona (y digo Antígona porque es uno de mis personajes favoritos) y sabía que su conflicto real no era elegir entre la ley natural y la ley social, sino que eligiendo enterrar a Polinices, elige abandonar a su familia, elige morir socialmente, elige el suicidio en vida. Entendía a Antígona, pero no entendía del todo a otros personajes, porque la tradición (la mía, hecha de lecturas y obras de teatro) me los ha entregado mucho más limpios, más asumibles por la burguesía intelectual que somos, con conflictos chiquitos. Y porque siempre he pensado en el teatro como pienso en historias finitas: no en lo que ocurre después. No en lo que sería el espacio entre viñetas en un cómic.

De análisis del discurso periodístico tengo formación académica (y lectora). De análisis del hecho teatral (lenguaje de la tragedia, sus partes, cómo descubrirla, cómo analizarla) no. Y ahora estoy deseando leer mucho más y ver mucho más teatro.

No sabemos enfrentarnos a la muerte, al horror, al maltrato y a la sangre. Ni ponerlos en el centro del relato. Y, sin embargo, nuestras vidas están llenas de todo eso.

Tampoco sabemos deshacernos del yo. El teatro, ahora, la tragedia contemporánea, ha dejado de enfrentar al hombre con Dios y al hombre con la comunidad. Ya no hay Dios, no hay polis, no hay patrias, no hay siquiera familias. Existe la obsolescencia programada, las relaciones son sustitutivas, nos destinan a un sitio u otro, nos mudamos… y nuestro yo siempre está en el centro. Por eso, vamos al teatro y compartimos las fotos, vemos una serie y tuiteamos sobre la serie a la vez que la vemos, usamos el móvil en el cine. Nuestro yo va por delante de todo: de los otros espectadores también. Nos da igual si sacamos a alguien de la obra porque nosotros hemos de hacernos una foto sonriendo. Y chatear si no nos gusta lo que nos están contando. Y joder al de al lado, porque el de al lado no me importa.

Luego nos preguntamos por qué no protestamos contra corruptos y ladrones que gobiernan. Cómo vamos a hacerlo, si nos importa una mierda todo lo que no seamos nosotros.

Cuando surgió internet, era un lugar que creaba comunidad. Había foros de debate, que ya casi no existen. Había trabajo comunitario (traducción de subtítulos, ripeo de películas que no se encontraban editadas en España). Ahora, internet es una marca personal. Se quieren conseguir seguidores y ser un influencer. No se interactúa. Uno se sube al púlpito, suelta su rollo y ya. Ponemos «Me encanta» o «Me gusta» en Facebook, pero hablamos poco, nos paramos poco con los otros. Echo de menos el internet primigenio y echo de menos que haya fotos de comida con el plato pelado y mondado: sin especias por ahí, sin bayas, sin flores.

Lo sé: este es mi blog y en él escribo lo que quiero.

Guisanmole
Guisanmole

Y doy un volantazo, porque somos así de poliédricos y podemos hablar de dolor e individualismo y luego decir: qué rico está esto, aunque no sepa a guacamole. Porque a guacamole no sabe. Sobre todo si no tienes una lata de jalapeños a mano y si recuerdas que los jalapeños pican y que tú, con el Festival de Mérida, ya tienes suficiente descontrol como para meterte picante en el cuerpo.

A esto, Robin Robertson lo llama Cheapamole, pero Sonia Canteli lo llamó Guisanmole y me gusta muchísimo más.

Ingredientes para unos 400 gramos:

  • 2 dientes de ajo sin el germen muy picados
  • 250 gramos (1 taza y 1/2) de guisantes congelados, pero descongelados
  • 150 gramos (1 taza) de alubias blancas cocidas
  • 1 lata pequeña (unos 100 gramos, pesan) de jalapeños, escurridos y picados
  • 45 ml de zumo de lima (3 cucharadas: la receta original pone 2)
  • 1 cucharadita de aceite de oliva virgen extra
  • 1 cucharadita de comino molido
  • 2 cucharadas de cebolla roja muy picada. Yo esto ni lo peso. Cojo media cebolla y jau.
  • 2 cucharadas de cilantro fresco muy picado
  • sal al gusto
  • pimienta negra
  • Yo, como no le eché jalapeños, le puse 1/8 cucharadita de chile en polvo

Guisanmole
Guisanmole

Preparación:

En un robot de cocina o una batidora, pon las alubias, el ajo, los guisantes y los chiles y bate. Puedes batirlo muy bien o dejarlo con un poco de textura. Añade el aceite y el zumo de lima (también puedes usar limón) y bate de nuevo un poco, hasta que se mezclen.

Pásalo a un bol, añade la cebolla y el cilantro y el chile en polvo si lo usas. Remueve, prueba y agrega sal y pimienta negra al gusto. Tapa y refrigera media hora. Sabe mejor el mismo día que se hace, pero yo lo he comido los días posteriores y estaba igual de bueno.

Lo sé, vale. Esto es alta cocina. Es verano: nada de encender fogones.

Guisanmole y la tragedia

Calígula y un hummus de lima y limón

Llevo siete meses de pena. Sí, me río. Sí, salgo. Sí, trabajo. Sí, hago exámenes y me levanto con humor (con buen humor) y hago bromas y abrazo y más. Pero llevo siete meses de pena, por razones que no voy a contar en un blog, pero que me tienen muy cansada, muy asustada y muy seca.

Pero, a los casi siete meses justos de mi pena (llámenle pena, llámenle acedia), llegó Calígula.

A veces me sucede: una obra de teatro me ha salvado la vida. Me ocurrió con Los Persas, de Calixto Bieito, que me vi tres veces más algún ensayo: me la sabía de memoria. Fue hace diez años. Ese Rafa Castejón, que salía a la scaena y en las columnas ponía «tes-tos-te-ro-na». Esa charla con Pau Miró, sobre escribir, sobre saber si lo que escribimos es bueno, sobre la relación con las palabras. Esas dos entrevistas a Bieito, al que todo el mundo definía como «algo desagradable» y del que yo decía, digo y diré que es un encanto de hombre y que entrevistarle es un lujo. Porque hablamos de la guerra y de Howard Zinn y de la provocación que no es tal y del aplauso y los nacionalismos y las drogas y por qué una mujer siendo Jerjes. Y, cuando me tuve que ir para dar paso a otro periodista, miró con cabreo contenido. Y esos gestos a mí me gustan.

No han vuelto a programar Los Persas en el Festival de Mérida, pero Jerjes siempre será para mí una mujer con la voz y el cuerpo de Natalia Dicenta. He visto a muchas Medeas, a varias Clitemnestras y a muchas más Antígonas. Pero Jerjes…

Foto de Jero Morales

El señor que está en la foto metido en una bañera se llama Pablo Derqui y yo ni sabía quién era (luego me di cuenta de que le había visto en una película, María y los demás, -una película que muchos hombres no han entendido, pero esa es otra historia-). Tiene mi edad y es un monstruo.

Mérida es muy difícil. Es un teatro de 52 metros en el que la gente no te ve: se apoya en tu voz y en el vislumbre del movimiento de tu cuerpo. Es grandioso, es sobrecogedor y las columnas te atrapan. Las columnas te envuelven y te comen. Tienes que ser muy bueno, rematadamente bueno, para actuar bien ahí. Solo para actuar bien: para ofrecer una actuación memorable, impactante y perdurable, has de estar muy por encima de la media. En los once años que llevo cubriendo el Festival de Mérida, uno detrás de otro, he visto a muy pocas personas que lo logren: que logren que nadie tosa, que nadie coja el móvil, que nadie respire. No voy a dar nombres, pero no pasan de diez. Por cierto, la mayoría son mujeres y cobran hasta un cuarenta por ciento menos.

Calígula fue un revulsivo. Me recuperó. Realmente, no me recuperó la obra, me recuperó el trabajo de este señor que dice que lo suyo es oficio. Eso no es oficio, lo aseguro. Veo mucho teatro, lo veo hasta en televisión y en otros idiomas. Le hice una entrevista en unas condiciones penosas (habiendo dormido tres horas y con un dolor de regla y un cansancio y un mareo y unas náuseas que me quería morir) y disfruté como una enana porque es brillante. No hay nada que me guste más que tener delante a una persona brillante.

Yo adoro a Calígula desde hace muchos años porque Calígula es yo, en muchas cosas. En la mayoría. En el estar y no estar en determinado mundo, en su disgusto y su inadaptación, en su profunda piedad (sí, nadie diría que Calígula es piadoso. En fin) y en otros varios aspectos. Parte de mi visión del personaje la escribí en un artículo que se titula como una frase de Camus: Ese lago de silencio y esas hierbas podridas.

Después de ver Calígula volví a escribir, me enchufé Twin Peaks de una tacada (llevaba esperándola 24 años: yo sí la vi en su momento) y me levanté a las siete de la mañana de un sábado para ponerme Solaris de Andrei Tarkovski. He vuelto a ser yo. Es curioso cómo, cuando no se llora por las esquinas ni tienes cara de pena penita pena, el resto del mundo piensa que estás genial y que todo va bien en el mejor de los mundos: que no va bien yo lo noto en otras cosas. En la carencia de vida intelectual, sobre todo. En lo que pasa de puertas adentro. En esa sensación de estar parada mentalmente, sin creatividad alguna, por mucho que escriba artículos en el periódico cada semana y por mucho que tenga cien ojos en el trabajo y lea por obligación y vaya al cine y piense en cine y en teatro y en palabras.

Volver a meter el cuaderno en el bolso, plantarme en un bar y escribir pese a la desesperación y para mí. Escoger obras difíciles y disfrutarlas. Mirar más allá: eso es lo que le debo a la interpretación de Pablo Derqui. Gracias, señor.

Es algo así como lo que dijo Toni Morrison en Beloved: “She is a friend of my mind. She gather me, man. The pieces I am, she gather them and give them back to me in all the right order».

Y, en medio de Twin Peaks, The Handmaid’s Tale, Tarkovski y no sé cuántas horas escribiendo en un bar, también cociné. Usé la Nutribullet para hacer hummus. Este, muy rico, sacado de Blissful Bites, pero muy tuneado por mí, porque el cilantro en polvo en un hummus yo no lo aguanto. Amo las especias, pero no tanto. Lo mismo que amo el trabajo de mucha gente pero no veo ficción española. El tiempo es finito y yo tengo muy poco.

Hummus de lima y limón
Hummus de lima y limón

Ingredientes para unos 400 gramos:

  • 350 gramos de garbanzos cocidos
  • 1 diente de ajo
  • 1 limón pequeño (o medio): el zumo y la piel rallada
  • 1 lima, el zumo y la piel rallada
  • De 1/2 a 1 cucharadita de pimentón ahumado de La Vera
  • De 1/2 a 1 cucharadita de comino en polvo
  • 1/2 cucharadita de sal
  • 1/8 cucharadita de chile en polvo
  • 1 cucharada de vinagre de manzana
  • De 1 a 3 cucharadas de tahini (yo usé 65 gramos)
  • 60 ml (1/4 de taza) de agua

Hummus de lima y limón
Hummus de lima y limón

Preparación:

Se mete todo en la Nutribullet y se bate. En menos de 1 minuto está. ¿No tenéis Nutribullet? Pues una batidora de vaso o la Thermomix o la MyCook, un par de minutos y listo.

Queda así de cremoso. Pedazo de ensalada al lado y bastoncitos de apio, zanahoria y pimiento si os gusta (yo, ni de coña) y a comer.

Calígula y un hummus de lima y limón

El equipo 48

Me gustaría escribirlo todo para que no se me olvidara lo importante, pero sé que lo importante no lo puedo contar. A principios de julio, yo quedaba, de nuevo, con los amigos para ir a un ensayo, como todos los años desde hace ocho y con los de siempre. Conozco esas piedras de memoria. Sé cuáles resbalan y dónde hay un llanito, qué vomitorios tienen los escalones más altos, por dónde hay que entrar para toparse a Ceres, dónde se colocan las barras y dónde las mesas de sonido. Y, sin embargo, a pesar de todo eso, siento siempre lo mismo cuando accedo por la puerta de actores, después de unas cañas en La Lonja, y no miro el teatro, porque nunca lo miro hasta que llego arriba, hasta que conecto los cables, hasta que me siento y ya sí. Ya sí, en el centro, esas columnas, la escenografía de la primera obra (una luna grande en esa Salomé), cojo aire, lo expulso lentamente y me sigo asombrando. Todos los años regresa el asombro. Y eso ocurre al principio, pero también durante todos los ensayos, y cuando ese teatro con tres mil localidades se llena de público y Fernando Ramos dice aquello de «señoras, señores, la representación va a comenzar». Fernando: qué momentos.

Foto de Jero Morales de la ópera Salomé

Yo nunca había visto una ópera en directo. Sí en vídeo, pero no en un teatro: en un teatro solo he visto conciertos líricos (a Montserrat Caballé, en ese mismo escenario; a Teresa Berganza, en Almería). «No he estudiado una partitura más en toda mi vida», me dijo Álvaro Albiach (jamás agradeceré lo suficiente que este señor dirija la Orquesta de Extremadura) y aprendí también que se puede hablar del deseo (del deseo femenino, ese que no existe) de una manera desasosegante y noté que ya capto cuándo una partitura es compleja y me dejo llevar. Volví a admirarme con esa manera de utilizar el cuerpo como lenguaje que tienen los bailarines, sean de flamenco, sean de danza clásica o contemporánea, y comprendí a Medusa y me dio pena esa mujer a la que convierten en monstruo porque a los hombres, si son dioses y si son humanos, en cuestiones de sexo no se les puede castigar. Me imaginé a unas brujas danzando por entre las columnas en Dido y Eneas y asistí a la rueda de prensa más interesante a la que he ido jamás (y he ido a muchas muy interesantes). Fue con una compañía griega, Polyplanity, y su director, Stathis Livathinos, que nos dio un discurso sobre el hecho teatral y sobre Homero y sobre cómo los griegos siguen yendo al teatro y llenando los teatros porque están ávidos de historias a pesar de la crisis y que planteó los 24 cantos de Homero en La Ilíada de una manera seria, completamente seria, con un lenguaje sorprendente y con una señora, Maria Savvidou, que te dejaba sin respiración cada vez que salía a escena.

La Ilíada. Foto de Jero Morales

Las ranas me dio la oportunidad, por fin, de entrevistar a Pepe Viyuela y me di cuenta, porque yo antes no lo sabía, mientras le escuchaba, que somos lo que decimos. Mientras oía a ese hombre articular un discurso coherente y apasionado sobre su profesión (quiero verle en una tragedia ya), me ocurrió lo que me pasó con Emma Suárez y con Calixto Bieito hace unos años: me enamoré. Acabé la entrevista pensando en lo guapísimo que es ese hombre, con sus ojos grandes y su serenidad y su timidez a ratos, cuando le hablé de poesía. Y me fui a Medellín, a estrenar un teatro después de dos mil años y a abrazar a José Vicente Moirón y a Denis Rafter (hablar con él de Shakespeare es una de las mejores cosas que me han ocurrido a mí: he aprendido tanto con este irlandés…) y a untarnos de Autan y a compartir con los amigos el momento histórico que estábamos viviendo, porque a la historia cotidiana, la que construimos nosotros, nunca le damos excesiva importancia. Moirón me regaló, y cito lo que le dije textualmente, «el mejor Edipo Rey que he visto en este puto escenario». Es el que sale en la foto: yo soy la rubia. Y ahí están mis amigos.

Moirón y la prensa (y mis amigos) en Medellín. Foto de Jero Morales.

Con Pluto me pregunté (como lo hice cuando trabajaba con yonkis o cuando hablaba con mis amigos de Trabajo Social) si la pobreza es necesaria y de qué forma legitima el sistema. Paladeé todas las palabras de Coriolano y me sobrecogí cuando Volumnia le dice a su hijo que se largue sin ella, que ella se queda porque ya no le es fiel. Me reí con El eunuco, me reí mucho con El eunuco, y descubrí que sí, que se puede hacer comedia, una comedia loca como Los Gemelos y que las etiquetas (esto es comedia, esto es tragedia) a veces a las comedias le hacen un flaco favor.

Coriolano. Foto de Jero Morales.

Y, sin embargo, lo mejor ha ocurrido detrás.

Este festival ha tenido muchos nombres y, por primera vez, esos nombres no son Pau Miró, Calixto Bieito, Miguel Murillo, Tamzin Townsend, Eusebio Poncela, Pep Antón, José María Pou, Ángel Corella o Concha Velasco (por muy emocionante que haya sido verla aparecer en los Ceres). Son de otra gente. Gente a la que al fin ves, porque estás preparada para verla y porque, al final, la amistad, cuando eres niño y cuando eres adulto, comienza cuando se cuenta un secreto. Este festival, por muchas razones (por muchísimas razones) son, antes que nada, los ojos verdes de Toñi. Es una cena con ella y con Ana (y muchos cafés con Ana, que ya estaba antes, de todos modos), una charla sobre las barreras que yo no noté en mí durante los años anteriores, sobre el perdón y la necesidad de hablar y la reconciliación. Es los tomates de Esmeralda y la incertidumbre por el futuro; los abrazos de Nico a todas horas, las copas, un sobrino hermoso, la alegría a pesar del cansancio.

Toñi, Nico y Esmeralda, responsables de prensa y relaciones con los medios del Festival. Supongo que la foto la hizo también Jero Morales.
Toñi, Nico y Esmeralda, responsables de prensa y relaciones con los medios del Festival. Supongo que la foto la hizo también Jero Morales.

Este verano ha sido una cita en mi casa en la que descubrí, con una copa de vino blanco en la mano y en una cocina abarrotada de gente en la que meses antes no hubiera dejado entrar ni a Dios, mirando a Paco Vadillo, que podía ser maravilloso que un montón de amigos, de golpe, se apropiaran de mi espacio sabiendo que ya es suyo. Con alguna recaída. Que bueno, en fin. No está todo hecho. Aún. Admiré a Esperanza mucho más de lo que ya lo hacía antes, que era mucho, lo aseguro; desayuné con Inma durante sus vacaciones sin querer largarme a trabajar; Quique nos surtió de disfraces que no son disfraces sino tipos (y me enseñó Cádiz, aunque sea en foto) y Esther estuvo ahí para mí, para encontrarme.  Y se mudó. Por fin. Se mudó. El parto de la burra, ha sido esto. El acontecimiento del año. De los últimos siete años.

Una obra de teatro sirvió para que yo conociera a una persona con la que había tenido dos encuentros anteriores bastante poco afortunados. Hice cosas que no había hecho hasta ahora y salieron bien: siguen saliendo bien. Fui yo sin desaparecer y sin avasallar, me miré como otros me miraban, me acerqué despacito o eso creo. Confié y conté. Y fue fácil contar.

Me gustaría recordarlo todo. La elección de un modelito para los Ceres en casa de Charo, el cambio de look con el pelo azul que me hizo Blanca, una sesión de maquillaje, unas charlas hablando del Festival con su director hasta las tantas de la mañana, la terraza con calor y con frío, algún episodio desagradable, Ana hablando de política y de la crisis; la mochila del equipo 48 a los pies de mi mesa durante dos meses (con sus dos micrófonos, sus tres cables, sus cascos, sus dos grabadoras, sus dos pies de micro, pesando como una burra); las risas por agotamiento, empalmar en la gala de los Ceres buscando una churrería y un Cola-cao, todas las noches que no pisé el Garoa y la unión de una tribu que ama lo que hace y que siempre está de acuerdo en todos los análisis. Con matices.

Pero, sobre todo, sobre todas las cosas, este Festival se llama Sandra.

El equipo 48

Teatro

Las fotos son mías

Me sé estas piedras de memoria. Llevo ocho años pateándomelo de arriba abajo y, cuando recibo visitas, pago la entrada religiosamente, la mía y la de mis amigos, y lo muestro como si lo hubiera construido yo.

El Festival de Mérida transcurre siempre muy rápido, pero casi no te deja tiempo para nada más. El verano es la época en que la dieta se abandona (después de los estrenos hay comida, antes de los estrenos hay comida, en medio de los estrenos hay comida, en todas partes hay comida), el único ejercicio consiste en subir las gradas hasta la mesa de sonido y el ánimo oscila entre las ganas de que lleguen ya las vacaciones para poder cocinar, retomar la elíptica, centrarse, y las pocas ganas de que todo esto acabe.

Durante un Festival, Eusebio Poncela me llamó gamberra, descubrí que la danza es hablar con el cuerpo, vi una ópera entera por primera vez, hice muchas entrevistas íntimas, me enamoré de Emma Suárez, hablé de Howard Zinn con Calixto Bieito y el marido de Alicia Hermida me dejó un cómic que tenía en la mochila. Durante un Festival, Tomaz Pandur habló de qué significa que una patria ya no exista; pensé en todas las mujeres que he sido, hablé mucho de amor (de amor a Shakespeare, de amor a la escena, del amor a la palabra escrita y a la palabra dicha), corregí un libro inmenso, escuché a la Xirgu y comprendí, por fin, a Medea. No es fácil entender a Medea.

Amo ese lugar. Amo ese lugar como he amado pocos sitios en mi vida.

Y esta es la razón por la que este blog, durante los veranos, se actualiza cuando se puede…

Teatro

¡He vuelto!

Ardid, que tiene nombre de reina de Ana María Matute, le dijo a Núria: «Lo tiene abandonadito». El blog, decía. No sabía yo que una mudanza iba a durar tanto. Y lo que me queda. De hecho, no sé qué hago escribiendo: me duelen hasta las yemas de los dedos de montar (y desmontar, porque cuando te equivocas, hay que desmontar) muebles de Ikea, esa cadena barata que es barata porque, como leí en Twitter, te convence de que tu tiempo no vale nada. Eso sí: montar una estantería de estas, cuenta como deporte. Por algo dice que la monten y la levanten entre dos…

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Las fotos son del móvil, que no sé ni dónde tengo la cámara. Sí, sí que lo sé. Pero no me apetece sacarla porque está tooooodo por el medio. Todas las cajas de cartón del mundo las tengo yo en mi casa. Ahora no tengo un duro, he puesto kilo y medio porque me comí todas las galletas de chocolate Príncipe de Beukelaer del supermercado y cocino lo mínimo imprescindible. Eso implica que no me he metido aún en la cocina toda la jornada para poder congelar después. Es decir, he cocido arroz, he frito unos champiñones, he preparado un revueltillo de zanahorias, cebolleta y tofu y con eso me estoy apañando. Lo que sí he hecho ha sido, por fin, ordenar las especias.

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Adoro mi nueva camarera. No se pueden sacar las bandejas, que sería mucho más cómodo, pero me da lo mismo. Sé dónde está todo. Arriba, las especias que más uso. En el medio, sal y especias dulces y algunas preparaciones para repostería. Debajo, las mezclas de especias (curry, ras-el-hanout, especias de Granada, tandoori, garam masala y etc.) y en uno de los armarios de la cocina, dos especieros más con los que no tengo ningún problema porque está todo en orden alfabético. Ahora quiero comprar estos botes monísimos para tenerlo todo uniforme porque soy así de pija. Pero no tengo un duro. Los miro y los remiro y me imagino la camarera llena de esas tapitas amarillas y azules y rosas (los hay en  varios tamaños). Algún día, me digo. Algún día.

Mi nueva cocina está amueblada de arriba abajo, tiene lavavajillas (que era algo que yo no había usado hasta ahora), horno, microondas y vitrocerámica. Y, sobre todo, espacio. La crock pot, la panificadora, el robot de cocina, las ollas… todo está en el mismo mueble, bien a la vista en cuanto abro las puertas. Los platos, en otro mueble y no en el escurrecubiertos como hasta ahora. Y tengo terraza. Una terraza inmensamente grande y otra terraza que es un patio interior, donde tiendo la ropa. Compré una tumbona porque parezco talmente una merluza del Cantábrico (¿quedan merluzas en el Cantábrico?), pero todavía no he podido usarla porque, además de la mudanza, ha comenzado el Festival de Mérida.

Salomé. Imagen de Jero Morales

Esto el Festival y ese señor que está ahí de espaldas es amigo mío, se llama Álvaro Albiach y no ha estudiado tanto una partitura en su vida. Salomé fue un exitazo, porque la ópera aquí tiene mucho predicamento pero se programa poco porque es carísima y Sara Baras fue otro exitazo. No me resisto a poner otra foto, porque pensé tantas cosas cuando vi ese baile…

También es de Jero Morales.

Es una ola, ese vestido, y también es el viento de Medusa y es casi un anticipo de una violación. Cuando hay teatro, mi vida consiste en lo siguiente. Me levanto, voy a trabajar, vengo, como, quedo con los amigos periodistas, vamos al ensayo, después del ensayo me voy a trabajar, llego a casa, duermo, me levanto, trabajo, llego a casa, como, me caigo de sueño, quedo con los periodistas para cenar, voy al estreno, me voy a trabajar, me levanto… Es decir, no sé en qué día vivo pero me paso los días entre esas columnas. Y siempre que las veo, cuando es el primer ensayo, me descubro con asombro, como si no las hubiera visto nunca. Amo ese lugar de una manera más profunda de la que amo cualquier otro lugar del mundo, Nueva York incluida y los Andes incluidos. Bueno, ejem, los Andes no, lo mío con los Andes es otra historia de amor loco loco. Y además, para qué hacer una lista de preferencias de lugares amados si puedes amarlos todos.

También amo mi casa nueva. Y todos sus rincones.

¡He vuelto!